Hace aproximadamente un año entré en un estado de euforia absoluta. Por aquel entonces, las novelas y cuentos de la escritora argentina Mariana Enríquez conformaban mi cabecera lectora. Hace aproximadamente un año, Netflix Argentina anunciaba que el cineasta chileno Pablo Larraín adaptaría varios de estos cuentos en una serie titulada ‘Mis muertos tristes’. Grande fue mi sorpresa cuando el Festival de Cine de San Sebastián anunció que una versión en forma de largometraje de la serie competiría por la Concha de Oro de esta 74ª Edición.
‘Mis muertos tristes’, que parece perder tan solo veinte minutos de metraje en su versión película, narra la historia de Emma, una Mercedes Morán que es capaz de ver y hablar con los muertos que quedan atrapados en nuestro mundo al morir de forma trágica. Emma, casi como si fuera una representación corpórea de la propia Mariana Enríquez dentro de su serie, demuestra un gusto por lo abyecto, por lo cadavérico y, cómo no, por lo sexual.



Larraín, que despacha cualquier necesidad de colorimetría recargada, se encarga de representar de forma asfixiante las apariciones de los fantasmas. A su vez, el personaje de Julie, con el que era muy fácil acercarse a la porno-miseria, representa lo decadente de nuestra sociedad, transformando la abyección en necesidad, violencia y muerte. La sociedad argentina, con más necesidad que nunca, se ve representada como un lugar frío y triste, donde el asesinato y el suicidio son el pan de cada día y donde las almas de los muertos quedan en pena atrapados en nuestra realidad sin, si quiera, poder descansar en paz.
Sin embargo, pese a lo apasionante de su tesis, Larraín construye un relato pesado. Es posible que en su versión serie la historia se dosifique de una mejor forma, dejando espacio para el descanso mental de un espectador saturado por los gritos y las toses. Pero mi sorpresa fue encontrarme con que esta versión largometraje solo carecía de 20 minutos de la propuesta original. ‘Mis muertos tristes’, de algún modo, se siente como una película incompleta, como si hubiera partes del puzle que no se nos han enseñado. Pero 20 minutos son pocos minutos, dejando entrever que, en realidad, puede que la obra original también padezca de este mal.
‘Mis muertos tristes’ es una rara avis, una propuesta inteligente, extrañísima y atrevida que adapta de forma bastante coherente el universo de Mariana Enríquez. Y aunque uno no llegue al punto de dormirse en la butaca, la experiencia de su visionado es pesada, no dejando decidir si la película, en realidad, es de tu agrado o no. Tal vez como el propio mundo de Mariana Enríquez. Es posible que uno necesite experimentar la serie completa para comprobar la calidad real del producto pero, la realidad es que se fue con las manos vacías en el palmarés de Donosti.


