Hace ya 25 años un joven y prácticamente desconocido cineasta argentino llamado Lisandro Alonso estrenó ‘La libertad’, una película en la que la cámara se dedicaba, exclusivamente y sin parafernalias innecesarias, a retratar la vida cotidiana de Misael Saavedra, un leñador que, viviendo en una especie de chabola en el campo, pasaba todo el día todos los días talando árboles, vendiendo troncos, siendo timado, comiendo lo que buenamente podía y comprando cigarrillos. Ahora Lisandro Alonso, sumamente consagrado, estrena una secuela titulada ‘La libertad doble’ que, después de su paso por la Quincena de cineastas de Cannes, ha ganado el premio a mejor dirección en la 71ª Edición de la SEMINCI.
En ‘La libertad doble’, Alonso vuelve a filmar a Misael. Este sigue emplazado en una chabola en los mismos campos que ya trabajaba hace décadas. Sigue comiendo más o menos lo que puede, sigue visitando a su “vecino” y sigue comprando cigarrillos. Sin embargo, todo cambia cuando recibe la llamada del psiquiatra de su hermana que le explica que, debido a la falta de financiación pública por parte del Estado argentino, Micaela deberá abandonar la institución en la que se encuentra y pasará a ser tutelada únicamente por Misael.



Alonso denominaba “libertad” a la vida de Misael; una vida vivida con cierta libertad de movimiento y una dependencia económica exclusivamente de sí mismo y del trabajo que Misael quisiera realizar. El cineasta ya apuntaba de forma punzante a ese espejismo: Misael es libre en tanto que puede hacer lo que le plazca, pero si no trabaja, no come, así que, ¿hasta qué punto es Misael libre?
Esta satirización del término parecía haber sido exprimida al máximo, pero la historia y la política tenían otros planes. De esta forma, Alonso recupera audazmente a Misael, no solo para contarnos que su vida sigue exactamente igual que hace veinte años (sumando inflación, claro), sino que la destrucción activa del estado del bienestar argentino (si es que alguna vez existió tal cosa), por parte del gobierno de su actual presidente, no solo no mejora la vida de sus ciudadanos, sino que empeora, aún más si cabe, la situación social y económica de estos.



De alguna forma, Micaela sale, de nuevo, libre, pero ahora pasa a vivir en ese espejismo en el que su hermano Misael se ve obligado a desenvolverse con soltura. ‘La libertad doble’ es doble precisamente porque ahora Misael ya no tiene que afrontarla solo, pero a su vez, tiene el doble de castigo, el doble de penurias y el doble de trabajo.
Alonso vuelve a colocar la cámara de forma prodigiosa, con la quietud que caracteriza su cine y con la que es capaz de captar cada matiz, cada detalle y cada gesto, pues Misael jamás reprochará nada a Micaela, pero su rostro de preocupación es lo que hace que uno se estremezca en el asiento del cine. Es esa intencionalidad la que le ha valido al cineasta argentino para ganar el premio a mejor director de esta SEMINCI. Un premio que no solo reconoce al cineasta como cineasta, sino como humanista y persona. Libertad, carajo (o algo así era).


