‘Trenque Lauquen’: Sentir para poder entender

En ‘L’Avventura’ (1960) de Michelangelo Antonioni, Anna, la protagonista de la película, desaparece allá por el minuto 26 de película sin dejar rastro alguno. Este gesto de Antonioni marcó un antes y un después en la historia del cine, transformando lo que vino después y, por qué no decirlo, transformando la visión que se tenía de lo que había venido antes. Desde ese instante, la película pasa a ser una obra casi contemplativa, en la que la percepción del paso del tiempo se torna en algo onírico, casi mágico. Tal vez Laura Citarella quiso hacer una declaración de intenciones nombrando al primer capítulo de ‘Trenque Lauquen’ “La aventura”.

Laura, protagonista de la película, al igual que Anna, desaparece sin dejar rastro, de un día para otro, sin avisar a nadie. Ahí comienza ‘Trenque Lauquen’, con la alianza entre su novio y su compañero de trabajo que, aunando fuerzas, se desviven por encontrarla, buscando pistas que en realidad son inexistentes, pues lo que lleva a uno a tomar una decisión tan drástica solo se puede conocer si se vive dentro de la misma alma. Hacia ahí es hacia donde viaja ‘Trenque Lauquen’, a mostrar el alma de Laura, sus pensamientos, su vida, sus esperanzas y sus desilusiones.

Ni que decir tiene que los casi 250 minutos de metraje que se muestran en la obra son exigentes, no por el hecho de que sea una película complicada de ver, que ni muchísimo menos, sino porque el propio hecho de postrarse delante de una gran pantalla durante más de cuatro horas ya es un reto para la mayoría de los espectadores. Sin embargo, merece todos y cada uno de los segundos que, colectivamente, se viven como si de un sueño profundamente bello se tratase.

Uno podría pensar que, con esta duración, repartida en pequeños capítulos y dividida en dos grandes bloques, ‘Trenque Lauquen’ sería una película demasiado contemplativa, lenta como alguno diría, pero nada más lejos de la realidad. En ‘Trenque Lauquen’ pasan muchas cosas.

Durante la primera parte de la obra nos dedicamos a buscar un porqué a la desaparición de Laura, seguimos a Ezequiel y Rafael en la búsqueda de pistas y, finalmente, descubrimos un misterio que por muy pequeño que pudiera ser, inunda la sala con dudas, preguntas y, sobre todo, con ganas de que este se resuelva. Una correspondencia romántica mediante cartas escritas a mano desata la pasión de investigadora de Laura. Un romance que lleva a otro semejante.

Alma

Sin embargo, cuando comienza la segunda mitad de la película, todo cambia. La obra pasa a ser un thriller fantástico con una tensión subyacente apasionante en la que, por sorpresa, muchas de las dudas pasan a un segundo plano o, directamente, se olvidan. Un gesto que el propio Antonioni habrá aplaudido desde allá donde se encuentre. Citarella propone aquí un ejercicio de memoria absolutamente brillante en el que, por medio de una grabación en una estación de radio, Laura nos cuenta su visión de la historia. Un punto de vista maravilloso en el que nuestras dudas no son resueltas de forma explícita. Sin embargo, el camino comienza a llegar a su fin y, por tanto, con precisión milimétrica, Citarella nos introduce en el alma de la protagonista de forma que las personas que ven ‘Trenque Lauquen’, a partir de este momento, forman parte de ella y sienten que, en efecto, lo correcto es desvanecerse sin más.

En los últimos 20 minutos de metraje vivimos la desaparición de Laura en primera persona, descubrimos el gran misterio sin haber resuelto los otros que se nos proponen durante la cinta, pero qué más nos darán los otros misterios cuando podemos verla a ella vagar por la Argentina profunda sin rumbo, de forma majestuosa y hundiéndonos en su cabeza como si de un western se tratase.

En este momento miré a mi alrededor. Me había dado cuenta de que llevaba una hora sin despegar la mirada de la pantalla, agarrándome la camiseta como buscando algo en lo que apoyarme. Las personas que disfrutaban de la película conmigo lo vivieron de la misma forma. Todas ellas estaban ensimismadas, respirando fuerte con una mezcla de angustia y pasión por lo que estaban viendo. “No estoy loco”, pensé. Y ahí finalizó todo. Ahí finalizó la que es, posiblemente, la experiencia más bella que he tenido en un cine. El viaje con Laura, con Ezequiel, con Juliana. El misterio de Carmen Zuna, el misterio de Elisa Esperanza. Ahora vivo por y para volver a vivir esta película, para disfrutarla de nuevo pese a que sé que no será lo mismo. Ahora quiero visitar Trenque Lauquen. Ahora quiero ser Laura.