‘La risa y la navaja’: Estamos en muchos sitios y uno resulta ser este

‘La risa y la navaja’ (‘O riso e a faca’, como la preciosa canción de Tom Zé que escuchan los protagonistas de la película en un viaje en coche) fue premiada tanto en Cannes como en SEMINCI. Y no es para menos, pues la nueva obra de Pedro Pinho abarca en una odisea de tres horas y media un abanico de temáticas cuya amplitud solo es comparable a la magnitud de sus importancias. Pinho utiliza a Sérgio, un trabajador de una ONG, bisexual, autoconsciente del viaje que realiza, como una marioneta que plantea un sinfín de discursos y dilemas de dudosa y difícil resolución.

Como digo, Sérgio, al igual que el propio Pinho, es consciente de la complejidad de la situación de la África poscolonial (y en este caso particular, de Guinea-Bissau, excolonia portuguesa) y de alguna forma tanto protagonista como director recorren un camino paralelo, donde el autor descubre, al mismo tiempo que el personaje que escribe, que tal vez la solución o respuesta que pretende dar ni es tan simple ni es tan resoluble. Así ‘La risa y la navaja’, ya no es que no dé respuestas, sino que prácticamente no genera preguntas. Simplemente se descubre como una serie de conversaciones y situaciones interesantísimas donde los personaje esteorizan y recriminan, pues así es la propia situación: teorizable y recriminable.

Y es que, por supuesto, es sencillo darse cuenta de lo ridículo que entraña preguntar con una sonrisa paternalista y sofocante a los locales si están contentos con el urinario que le instalaste el año pasado; tú, con tu pelo rubio y tu peto azul con un logo que derrocha bondad y solidaridad; pero tal vez no sea tan fácil reconocer que el hecho de “verse moralmente obligado” a “ayudar” a la comunidad no proviene de un sentimiento solidario, sino que, más bien, este está provocado por la compasión. Los personajes de la película se preguntan entonces, ¿esa compasión es sincera u obligada? Obligada porque la situación en la que se encuentran estas comunidades fue forzada por los mismos que ahora se dignan a ayudar.

Cuando uno ve la película, se encuentra de frente contra sus propios principios, esos que traes aprendidos de casa y que consideras correctos e ideales, porque al escuchar a Diára, la entiendes. Entiendes una reticencia al cambio y al entendimiento. Y entiendes el principio de negación, el que François Vergès proponía como una estrategia de resistencia poscolonial.

A lo largo de la película, Pinho se beneficia de su mirada europea, la que proviene de un privilegio exclusivo de aquel que se autodefine como “solidario”, para remarcar, aún con más autoridad si cabe, que todo, incluso lo bienintencionado, está podrido por dentro.