Hay algo muy bonito en que una sala de cine deje de comportarse como una sala de cine durante dos horas. Que la gente entre hablando emocionada, se ría, aplauda, mire alrededor buscando a otros fans como si todos estuvieran entrando al mismo concierto. ‘BILLIE EILISH – HIT ME HARD AND SOFT: THE TOUR (LIVE IN 3D)’ funciona precisamente por entender eso: esto no va solo de grabar un show, va de convertir el cine en una experiencia colectiva otra vez. Hay eventos cinematográficos que deben vivirse así.
La colaboración entre Billie Eilish y James Cameron tiene sentido desde el minuto uno. Dos figuras obsesionadas con la inmersión, la tecnología y cómo hacer que una imagen se sienta física. Y aunque siento que Cameron podría haber elevado mucho más la realización ya que ratos cae demasiado en la típica sucesión de planos de concierto, el 3D sí consigue algo importante: acercarte emocionalmente al espectáculo. Las partes detrás de cámaras se sienten íntimas y los números musicales adquieren una escala gigantesca.



Pero realmente la película funciona porque Billie entiende perfectamente el medio audiovisual. Y se nota muchísimo. Billie no usa visuales porque “queden guays”; los usa porque entiende cómo construir narrativa a través de ellos. Cada pantalla, cada transición, cada textura forma parte de cómo quiere presentarse al mundo. Hay artistas que hacen conciertos. Billie crea universos visuales. Y a lo largo del documental deja varios statements bastante claros sobre el tipo de artista que quiere ser: alguien vulnerable, consciente de su impacto y muy conectada emocionalmente con la gente que la escucha.
Y esa conexión con sus fans probablemente sea lo más potente de toda la película. Hay algo casi gracioso en ver a Cameron apuntando una cámara 3D directamente a la cara de fans llorando como si estuviera grabando ‘Avatar: The Way of Depression’. Pero al mismo tiempo entiendes perfectamente por qué pasa. Billie ha construido un espacio donde muchísima gente se siente entendida. La película entiende que un concierto no es solo música. Es comunidad. Es escapismo. Es ir a un sitio para sentirte acompañado durante dos horas. Y el cine aquí funciona igual. Incluso aunque no bajes a bailar, el 3D te hará levantar del asiento.
Salí del cine con exactamente la misma sensación que cuando termina un concierto. Esa euforia rara donde todo el mundo abandona el lugar lentamente, todavía procesando lo que acaban de vivir. Y si una película consigue replicar esa sensación que quizá ya ha hecho algo más grande que simplemente grabar un show.


