Hay algo profundamente absurdo, y a la vez brillante, en plantear un murder mystery protagonizado por un rebaño de ovejas que intentan resolver el asesinato de su propio pastor. Y, sin embargo, ‘Las ovejas detectives’ no solo funciona: funciona demasiado bien.
Hasta el punto de que te olvidas de la premisa y entras de lleno en un relato que entiende perfectamente su género, sus códigos y sus emociones. Porque sí, esto es una comedia. Pero también es una historia de resolver un misterio clásico. Y también, sin avisar, es una película sobre el duelo. El guion juega a dos bandas: por un lado, un misterio bien construido, con roles de personajes muy definidos y por otro, una exploración bastante honesta de temas como la pérdida, el sentirse fuera de lugar o la necesidad de pertenecer. Todo muy británico. Muy contenido.



Y luego está el cast, que es el mayor reclamo de la película. Actores de carne y hueso como Hugh Jackman, Emma Thompson o Nicholas Galitzine conviven con un reparto de voces que convierte a las ovejas en algo casi shakesperiano: Bryan Cranston, Julia Louis- Dreyfus, Sir Patrick Stewart… Es una de esas decisiones que podrían parecer un truco, pero que elevan la película a otro nivel. Porque de repente estás escuchando a unas ovejas existencialistas… y te lo crees.
Visualmente, hay algo en su CGI que no busca el hiperrealismo, sino la expresividad. Y ahí está la clave. Llorar por ovejas no estaba en mis planes este año. Pero esa es un poco la trampa (y la magia) del cine: hacerte sentir cosas donde en teoría no deberías. Y es que ‘Las ovejas detectives’ tiene ese algo difícil de explicar, pero muy reconocible: se siente como un clásico instantáneo. Como esas películas de finales de los 90 y principios de los 2000 (Babe, Nanny McPhee, Chicken Run) que no tenían miedo de ser raras, emocionales y profundamente humanas, aunque sus protagonistas fueran animales parlantes.



‘Las Ovejas Detectives’ entiende muy bien ese legado. No intenta reinventarlo, sino recordarte por qué era importante. Porque hay algo muy específico en ese cine que confiaba en que podías ser niño y adulto a la vez. Crecer con este tipo de películas no era solo consumirlas: era aprender a sentir a través de ellas. La película no es solo un homenaje a ese tipo de cine. Es una continuación. Una de esas raras veces en las que sales de la sala con la sensación de que, de alguna forma, has vuelto a aprender algo que ya sabías… pero habías olvidado.


