‘La Bola Negra’ no es una película sobre Lorca. No es un biopic de Lorca. Ni siquiera pretende hacer justicia a Lorca. ‘La Bola Negra’ no mira al pasado para reconstruirlo, sino para preguntarse qué habría pasado si algunas historias hubieran podido continuar.
Tres hombres gays. Tres momentos diferentes de la historia de España. Unidas por el dolor, el desconcierto y el misterio. Granada, Cantabria, Madrid… Un viaje por España y por diferentes momentos de nuestra historia que no pretende reconstruirla a base de fechas y acontecimientos, sino a través de las personas que la vivieron. O que no pudieron vivirla.



‘La Bola Negra’ es, sobre todo, una película sobre lo inacabado. Sobre investigar aquello que quedó sin respuesta. Sobre imaginar qué habría sido de una vida si alguien hubiese tomado otra decisión. Si un amor hubiese podido decirse en voz alta. Si una persona hubiese tenido la libertad de querer a quien quería. Es la fantasía de la posibilidad, frente a la destrucción: imaginar. Y eso convierte a ‘La Bola Negra’ en una película profundamente humana. Una película que, sorprendentemente, consigue hablar de todo esto sin convertirse en un drama solemne y pesado. Porque aquí hay misterio, humor, romance, guerra, fantasía, cine queer y hasta números musicales. Todo convive en una película que parece estar constantemente cambiando de forma, pero que sabe perfectamente qué quiere contar.
Es exactamente el misterio lo que consigue mantenerte clavado al asiento. La película no te da todas las respuestas. Es importante descubrir lo que ocurrió, pero importa todavía más descubrir qué significa. Porque aquí el misterio no es simplemente una herramienta para hacer avanzar la trama. Es una forma de mirar la vida. Solo el misterio nos hace vivir. ¿No es eso, al final, lo que buscamos cuando vamos al cine? Que nos hagan imaginar lo que no sabemos. Que nos permitan entrar en una vida que no conocemos y preguntarnos qué habría pasado. Que nos rompan un poco la estructura que damos por sentada. ‘La Bola Negra’ utiliza la ficción precisamente para eso. Para entrar en esos espacios donde la historia real no puede entrar. Y ahí aparece también su dimensión de memoria histórica, no una memoria histórica construida desde el dato o la lección.
La película no parece querer decirte “esto ocurrió así”, quiere preguntarte qué significa que ocurriera. Hay demasiadas historias de amor enterradas. Y ‘La Bola Negra’ decide desenterrar algunas. Lo hace además recorriendo España sin convertirla en una caricatura. Hay tradición, hay folclore, pero todo está integrado dentro de un retrato que nunca pierde de vista a las personas. Es una España que reconoce su pasado sin quedarse atrapada en él. Veo algo casi de cine clásico en la película. La música, la orquesta, los números musicales, la fotografía, la dimensión de algunos escenarios… Todo está construido con una ambición enorme. Tiene esa sensación de estar viendo una gran película hollywoodiense, de esas que entienden que el cine también puede ser espectáculo, pero sin perder el corazón de la historia.



El trabajo de Guitarricadelafuente me parece especialmente destacable. Tiene una capacidad de lenguaje no verbal gigantesca. Esa expresión entre perdida, ingenua y absolutamente magnética consigue que quieras seguir mirándolo incluso cuando no está diciendo nada. Tiene algo muy extraño y atractivo que creo que la película sabe aprovecharlo. Y luego está Penélope Cruz. Penélope Cruz es una diva del cine.



Tiene ese tipo de presencia que recuerda a las grandes estrellas clásicas, que puede aparecer en pantalla y hacer que todo lo demás desaparezca durante unos segundos. Aquí está absolutamente entregada a la película y demuestra, una vez más, por qué se ha convertido en una de las actrices españolas más reconocibles y en una de las grandes presencias del cine contemporáneo. Siendo su personaje la literal definición de actriz de reparto, que con tan solo un par de escenas en pantalla, su presencia, discurso y repercusión dejan peso en la historia como en el espectador.
La película habla tanto de lo que debemos hacer como de lo que queremos hacer. Deber y querer. Sobrevivir y vivir. Y esa diferencia atraviesa las tres historias. Hay personas que han aprendido a sobrevivir porque era lo único que podían hacer. Pero otra de las preguntas que plantea ‘La Bola Negra’ es ¿qué nos perdemos cuando pasamos la vida preguntándonos qué debemos hacer? Quizá nos perdemos la vida. Y ahí es donde la película se vuelve casi existencialista. Porque detrás de todo el misterio, de la fantasía y de los grandes acontecimientos, hay una idea muy sencilla: hay que vivir. Aunque dé miedo, aunque no sepamos cómo, aunque todavía no sepamos qué va a pasar. Porque al final vivir es aceptar que nunca vamos a tener todas las respuestas. De nuevo, solo el misterio nos hace vivir. Y qué bonito que una película que nace de una historia marcada por aquello que no pudo ser termine hablando precisamente de todo lo que todavía puede ser.



La ‘Bola Negra’ puede llegar a todo el mundo precisamente por eso, porque aunque sus historias estén atravesadas por la memoria española, por Lorca, por la guerra, por nuestros lugares y nuestras heridas, lo que cuenta es mucho algo universal. Querer a alguien y no poder decirlo, tener que elegir entre lo que debes hacer y lo que quieres hacer, preguntarte qué habría sido de tu vida si hubieras tenido un poco más de libertad. Es una tragedia muy española, pero también una tragedia universal. Algo que me llevo de ‘La Bola Negra’ es precisamente esa sensación de estar viendo una película que quiere abrir una conversación. Poner encima de la mesa aquello de lo que no se ha hablado. Mirar de frente esas historias que durante demasiado tiempo han permanecido enterradas y preguntarnos qué habría pasado si hubiéramos dejado vivir a sus protagonistas como querían.
La verdadera magia de ‘La Bola Negra’ para mí es convertir una historia sobre la muerte en una película sobre la vida. Se estará hablando de ella durante años. Temblará España (y el mundo) con su estreno.


