‘We are all strangers’: País sin patria

Tras su paso por la competición oficial en la pasada edición de la Berlinale, ‘We are all strangers’ de Anthony Chen aterriza en Valladolid para competir por la Espiga de Oro de la 71ª Edición de la SEMINCI. De esta manera, el cineasta singapurense cierra la trilogía ‘Growing up’ que comenzó en 2013 con ‘Ilo Ilo’ y que continuó en 2019 con ‘Wet season’ y con la que explora el momento en el que los jóvenes del país se enfrentan por primera vez a la vida adulta.

En ‘We are all strangers’ Chen nos narra la historia de una familia de clase trabajadora coincidiendo con el momento en el que el joven Junyang pasa de adolescente a adulto, yendo al servicio militar, consiguiendo múltiples trabajos y enfrentándose a situaciones como la enfermedad o la paternidad entre otras. Este contexto sirve al cineasta como radiografía de un país que contiene una cantidad gigantesca de problemas sistémicos que, lógicamente, atraviesan profundamente a la familia.

En ese sentido, Chen, que no demuestra un especial virtuosismo con la cámara y la puesta en escena, lo entrega todo en la construcción de un guion pone en primer plano problemas sociales a los que la población de Singapur se enfrenta pero que, de alguna forma, en Occidente no concebimos como tales. Así, situaciones como la pobreza, la inmigración o la amplia desigualdad social entre clases toman una relevancia a la que no estamos acostumbrados, pues el gobierno del país se esfuerza para que Singapur sea percibido como el lugar de la prosperidad social y económica.

Chen consigue encontrar el punto exacto de melodramatismo y sensiblería, es decir, que uno no se siente atosigado (o más bien obligado a sentir), por las emociones que el cineasta trata de obtener, sino que estas fluyen orgánicamente, dejando igualmente momentos para el alivio, el suspiro y la risa. ‘We are all strangers’, que tal vez abusa demasiado de los finales prolongados y las escenas eternas (un mal del cine contemporáneo relativamente habitual), consigue no sentirse pesada, pues los personajes atesoran cientos de historias que merecen ser contadas. El espectador espera que Chen nos hable más aún si cabe de cada uno de los miembros de la familia.

La cuestión de clase, como digo, es el tema central de la obra, pues en cualquier estado regido por un sistema en el cual los ricos obtienen cada vez más poder, el ascenso social es, lógicamente, cada vez más imposible. Jungyang, Lydia, Boon Kiat y Bee Hwa, pertenecientes a distintos órdenes sociales, jamás podrán escapar de la pobreza, pues quien nace rico puede morir pobre, pero el que nace pobre lo tendrá sumamente complicado para morir rico. Y un país que no protege a sus pobres, será país, pero no será patria.

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