‘La Gradiva’ me hizo volver a segundo de bachillerato, a una excursión del colegio, a esos días en los que parece que tienes todas las respuestas, aunque en realidad no haces más que acumular preguntas. Seguimos a un grupo de adolescentes franceses que viaja a Nápoles en los días previos a su graduación, cuando la vida adulta empieza a asomar la cabeza y todavía no tienes muy claro qué hacer.
Me dejé llevar y acabé sintiéndome uno más de la clase. Porque una excursión del colegio es casi una excursión con tu familia. Cada uno es de su padre y de su madre, cada uno tiene su propia visión del mundo y sus problemas, y durante unos días todo converge bajo el sol. Las conversaciones, los conflictos, los amores y las pequeñas rivalidades adquieren una importancia descomunal. Todo parece definitivo.



‘La Gradiva’ entiende muy bien esa sensación. Sus personajes viven en un mundo de superlativos, lleno de grandes ideas, declaraciones grandilocuentes y opiniones que parecen inamovibles hasta que alguien dice algo que las pone en duda. La película observa a sus protagonistas sin juzgarlos, dejando que sus contradicciones hablen por sí solas. Cada conversación parece surgir de manera espontánea, como si estuviéramos escuchando a personas reales y no a actores recitando un guion. Hay algo que sucede entre las palabras, en las miradas, los silencios y las cosas que nadie se atreve a decir. El deseo, la clase social, la memoria y la incertidumbre ante el futuro se mezclan con una naturalidad que hace innecesario explicarlo todo.
También me interesa mucho la figura de la profesora, esa voz de la razón que, durante una excursión, acaba convirtiéndose casi en una madre para sus alumnos. Verla intentar mantener el control mientras carga con sus propias preocupaciones, entregándoles toda la energía que le queda. Porque, por mucho que a esas edades cueste reconocerlo, los adultos también están improvisando. Y porque acompañar a un grupo de adolescentes durante unos días implica quererlos incluso cuando no sabes muy bien qué hacer con ellos.



Es el retrato de una generación. Una generación que está ocupando o a punto de ocupar su lugar en la sociedad. La película aparece en un momento en el que se están tomando tantas decisiones sobre nuestro futuro, pero no cuentan con nosotros. Nuestra generación está tan acostumbrada a que hablen sobre ella, pero merece también que la escuchen. Nos pasamos años escuchando cómo deberíamos vivir, qué deberíamos estudiar y qué clase de adultos tendríamos que ser mientras intentamos averiguar quiénes somos en medio de todo ese ruido.
Por eso me parece tan importante que existan películas capaces de hablar de nosotros con esta sensibilidad. No para convertir a toda una generación en un eslogan ni para explicarnos a nosotros mismos quiénes somos sino para observarnos de cerca, con nuestras inseguridades, nuestras contradicciones y esa necesidad constante de tener razón. La adolescencia no es solo una etapa que dejamos atrás, sino también una forma de mirar el mundo que merece ser tomada en serio.


