‘Ink’: Feliz día de la prensa

José Luis Rebordinos se despedía del Festival de San Sebastián afirmando que la película sorpresa estaría dirigida por un cineasta muy querido en el festival y que presentó una película muy potente en su momento. Danny Boyle presentó ‘Trainspotting’ en Donosti en 1997 y ahora, en 2026, la última Edición de Rebordinos como director del certamen vasco y antes de pasar el testigo a Maialen Beloki, Boyle regresa para presentar ‘Ink’.

En ‘Ink’, una de las grandes apuestas de Netflix este año y que ya se presentó como la película de apertura en el pasado Festival de Venecia, Boyle narra la historia del diario británico The Sun y su radical viraje al sensacionalismo. Jack O’Connell encarna a Larry Lamb, un periodista frustrado del Mirror que es contratado por Robert Murdoch (Guy Pearce) para dirigir la redacción del nuevo y renovado The Sun. Este transforma la noticia en los primeros “virales” del periodismo inglés, reemplazando secciones del más puro periodismo de investigación por horóscopos, prensa rosa e, incluso, imágenes de mujeres desnudas. Cabe recordar que, hasta hace no demasiado tiempo, diarios deportivos de España seguían utilizando la “táctica” de colocar modelos en topless en su contraportada como método de captación de clientes.

Boyle se entrega profundamente a una historia que, a lo ‘Lobo de Wall Street’, requería de un dinamismo y una velocidad fuera de lo común. Los planos, que rara vez son normales (es decir, que suelen representarse con inclinaciones que “tumban” la imagen) o estáticos tratan constantemente de imprimir la sensación de prisa, pues en las redacciones de los diarios de Fleet Street quien no corre, vuela. Sin embargo, esta cadencia de planos cortos, móviles y extraños funciona a medias, pues si bien consigue que el espectador se entregue profundamente a su juego, esta es una técnica de desgaste, y cuando Boyle se ve obligado a reducir el ritmo, la película comienza a sentirse como un bloque pesado; uno de esos mal llamados “tramos valle” en los que “no pasa nada”.

Las imágenes con las que juega Boyle, a menudo rodadas con iPhone para lograr nuevos efectos dinámicos o, incluso, retocadas con inteligencia artificial que modifica, estira o comprime la imagen, no terminan de funcionar. Y es que si bien la obra se siente como un bloque compacto donde todas las formas fílmicas tienen una coherencia narrativa, extrañamente, el espectador es consciente en todo momento de que está viendo una película y se reduce a que su mirada acepte o no estos momentos.

Es cierto que la historia que narra Boyle llevamos viéndola décadas (véase ‘Park row’ de Samuel Fuller en 1952), pero el cineasta realiza un ejercicio de conciencia política en el que, de pronto, se lanza a relacionar ficción con realidad, azotando sin piedad a gran parte de la cúpula de personas que dirigen la información y las redes sociales en esta dura época que nos ha tocado vivir. Es cierto que a Boyle no le terminan de funcionar todas las ideas, pero también me parece relevante que un cineasta de ya casi setenta años se siga lanzando a dirigir películas atrevidas, movidas y críticas. Larga vida.

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