¿Qué decir de la Palma de Oro de este año, sino que nos ha dejado helados? No es un thriller que provoque miedo, sino una película que nos hace estremecer y que deja tras de sí numerosas preguntas sin respuestas claras.
Inspirada en hechos reales, ‘Fjord’ presenta a una familia rumano-noruega que vuelve a instalarse en Noruega y se encuentra frente a las contradicciones de una sociedad supuestamente progresista. Fiel a su costumbre, Cristian Mungiu explora ciertos aspectos y valores de la sociedad rumana, esta vez poniéndolos en contraste con los de un país que, a primera vista, parece muy alejado de su realidad.
En el corazón de la dualidad de esta familia rumana y noruega se encuentra un valor que los une: la religión. La familia Gheorghiu vive según unos estrictos principios bíblicos que, desde el principio, parecen incomodar a los profesores de la escuela de los niños. Al principio, de manera sutil, se nos hace entender que ningún signo de carácter religioso puede mostrarse dentro del centro educativo. Poco después, nos enteramos de un conflicto entre la menor de los Gheorghiu y una de sus compañeras de clase a propósito de la homosexualidad. Esta última anuncia que quiere casarse con otra mujer, y la pequeña Gheorghiu le responde que eso no es posible según la Biblia. Los responsables de la escuela denuncian inmediatamente estas declaraciones, consideradas discriminatorias. Es en ese momento cuando Fjord revela su verdadera materia: el debate.
Sin explicitarlo nunca ni posicionarse abiertamente a favor de una u otra opinión, ‘Fjord’ plantea un debate ético, moral y filosófico en torno al derecho a la libertad de pensamiento. Muestra la facilidad con la que un problema puede adquirir mayores dimensiones cuando las cosas se sacan de contexto. Tomemos, por ejemplo, las palabras de la pequeña Gheorghiu: no somos testigos de la conversación entre las dos niñas y solo escuchamos el relato transmitido por los adultos. Por otro lado, si nos atenemos a lo que se nos cuenta, la niña parece haberse limitado a expresar sus propias creencias. ¿Es posible no estar de acuerdo con alguien y, al mismo tiempo, respetar su derecho a pensar de manera diferente?
Después de este acontecimiento, la profesora de educación física descubre unos moratones en el cuerpo de Elia, la hija mayor de los Gheorghiu. Denuncia el incidente, que se convertirá en el desencadenante de la película. Mihai y Lisbet Gheorghiu son entonces acusados de maltratar a sus hijos, que les son retirados por las autoridades. A continuación, se inicia un juicio destinado a determinar si Mihai y Lisbet son aptos para criar a sus cinco hijos.
A primera vista, parece fácil tomar partido: la seguridad de los niños es primordial y, si se sospecha que unos padres los golpean, es necesario acudir en su ayuda. Sin embargo, en Fjord nunca se muestra ninguna escena de violencia y, durante una conversación entre Elia y su hermano, comprendemos que quizá sean ellos quienes se hayan peleado entre sí.
Presentados por el director como estrictos y conservadores, Mihai y Lisbet también aparecen como unos padres justos y cariñosos. Mungiu construye este conflicto moral con una increíble precisión, dejando entrever que el sistema noruego podría estar atravesado a su vez por prejuicios y que la vida de esta familia se ve trastornada de un día para otro debido a su diferencia. Con la ayuda de sus actores y de sus sublimes interpretaciones, Mungiu retrata un sistema que pretende ser justo sin necesariamente serlo.



Los personajes son honestos, tanto en sus palabras —Mihai admite haber dado azotes a sus hijos— como en su incomprensión ante una situación que los supera y los devasta, hasta el punto de no dejarles otra opción que huir. Es esta ambigüedad, sostenida tanto por el director como por los actores, la que constituye la fuerza de ‘Fjord’.
‘Fjord’ no destaca necesariamente por sus proezas técnicas, sino por la amplitud moral que ofrece su guion. Hay que ser minucioso y estar atento —o quizá simplemente tener la mente abierta— para captar todos sus matices. Es evidente que la película genera polémica. Sin embargo, es precisamente eso lo que la hace interesante: invita a reflexionar y muestra aquello que a veces no queremos escuchar.
Es una película calculada e inquietante, que deja un escalofrío en quien se toma la molestia de escucharla.


