‘El mal no existe’: ¿Es el hombre la principal amenaza para la naturaleza o existe una esperanza de coexistencia?

En las apacibles montañas de Japón, entre el verde esmeralda y el canto de los pájaros, se esconde un pequeño pueblo llamado Mizubiki. No está lejos de Tokyo, pero por su situación y la paz que se respira en él, parece que estén a miles de kilómetros. Un lugar donde el espectador tiempo parece fluir a otro ritmo, donde la vida se desarrolla en armonía con la naturaleza y donde los lazos familiares y comunitarios se tejen con hilos de respeto y tradición. Es aquí donde el maestro Ryusuke Hamaguchi nos invita a sumergirnos en su nueva película.

La historia gira en torno a Takumi, un hombre de mediana edad que vive en Mizubiki con su joven hija Hana. Takumi mantiene una vida simple y tradicional, en profunda conexión con la naturaleza que lo rodea. Sin embargo, la tranquilidad del pueblo se ve amenazada cuando se anuncia la construcción de un complejo de glamping en las cercanías.

El proyecto, promovido por una empresa externa, genera controversia entre los habitantes de Mizubiki. Algunos ven en él una oportunidad para el desarrollo económico del pueblo, mientras que otros temen que la llegada de turistas y la construcción del complejo perturben la paz y la armonía del lugar. Takumi se encuentra en medio de este conflicto

Más que una película, ‘El mal no existe’ es una experiencia sensorial y emocional. Desde el primer fotograma, nos vemos envueltos en una atmósfera de profunda belleza visual, donde cada encuadre, cada plano, cada movimiento de cámara está cuidadosamente diseñado para capturar la esencia de este pueblo y sus habitantes. Las montañas nevadas, los bosques frondosos, las casas de madera y las calles empedradas se convierten en personajes por sí mismos, susurrando historias y emociones que solo el lenguaje cinematográfico puede transmitir.

Pero la verdadera magia reside en el mensaje. Es una película que no nos ofrece respuestas fáciles a las preguntas que plantea. Hamaguchi nos invita a reflexionar sobre la fragilidad del equilibrio entre el hombre y la naturaleza, sobre la importancia de preservar la armonía en un mundo que se mueve a un ritmo desenfrenado. Lo hace con una delicadeza y una sutileza que nos conmueven hasta el alma, sin sermones ni discursos moralizantes.

A través de los ojos de Takumi y Hana, Hamaguchi explora el amor, la pérdida, la esperanza y el legado. Nos recuerda que el mal no existe en el mundo natural, sino que es creado por el hombre mismo, por su ambición desmedida y su desconexión del entorno que lo rodea.

No es una película para aquellos que buscan acción o un drama entretenido. Es una obra de arte que exige nuestra atención plena, que nos invita a meditar sobre la naturaleza, el impacto de las acciones del ser humano en ella, nuestras propias vidas y nuestro lugar en el mundo. Es una película que se queda grabada en la memoria, una película que nos hace cuestionar nuestras prioridades y nos impulsa a buscar un cambio positivo en nuestras vidas.

Para mí, no solo es la mejor película de Hamaguchi hasta la fecha, sino que también es una de las mejores películas que he visto en mi vida. Es una obra maestra que supera incluso su aclamada y tan brillante ‘Drive My Car’, y lo hace con una belleza visual aún más impresionante, una narrativa más profunda y un mensaje aún más profundo.

‘El mal no existe’ me ha cambiado la vida, te hace ver el mundo con nuevos ojos. Te deja sin palabras, con el corazón lleno y la mente rebosante de preguntas. Te invita a reflexionar, a sentir, a actuar. Es una obra maestra del cine japonés.