‘El mal hijo’, basada en la novela homónima de Salvador S. Molina, cuenta la historia de Rubén, un niño de once años que se ve obligado a vivir con su abuela tras la desaparición de su padre. En un pueblo de Murcia donde el tiempo parece haberse detenido, Rubén crece intentando curar las heridas familiares que se han ido transmitiendo de generación en generación.
La exploración del legado familiar es ya un tema recurrente en la nueva ola del cine español. El mundo a nuestro alrededor cambia de manera frenética y con él las ambiciones y deseos humanos. Somos tremendamente diferentes a nuestros padres porque hemos crecido en un entorno que poco tiene que ver con el que ellos exploraron a nuestra edad. Muchos creen que esta brecha generacional aleja más que une, pudiendo llegar a convertirse en un muro imposible de saltar; sin embargo, ‘El mal hijo’ explora justo lo contrario. ¿Y si fuéramos capaces de escapar de esta condena a través de la bondad?



Jaime Lorente, en su primer trabajo detrás de la cámara, se rodea de un gran equipo de profesionales y logra, de manera efectiva, dar una vuelta de tuerca a las historias de redención y lanza así un mensaje mucho más potente a las generaciones venideras. Para ello, combina un ritmo pausado con imágenes que hablan por sí solas y un elenco actoral que se mueve al unísono.
Aunque todas las interpretaciones son destacables, es, sin duda, Susi Sánchez quien se entrega, como ya nos tiene acostumbrados, a la verdad que se esconde detrás de esta historia. Tomando el rol de mentora, es quien guía al espectador por este bosque enmarañado, que es la vida de Rubén, hasta lograr vislumbrar la luz al final de tanta oscuridad. Y es que es esto lo que diferencia a ‘El mal hijo’ de otras películas del género que se le puedan asemejar: apuesta por la claridad entre tanta sombra.
Lorente, de manera muy avispada, escoge una historia pequeña pero bien ejecutada como carta de presentación de su nueva etapa como director, dejando así al público con el buen sabor de boca suficiente como para querer ver qué más tiene para ofrecer.





