‘El Conde’: Un Drácula asustado

El cine de Pablo Larraín parece haber tomado un rumbo muy especial desde hace unos años. Atrás quedan películas como ‘El club’ o ‘Tony Manero’, en las que los protagonistas son personajes completamente ficticios. Ahora el director chileno ha evolucionado de tal forma que le interesan las personas que realmente existieron, cuyas historias son conocidas perfectamente por la opinión pública (a excepción de la maravillosa Ema, posiblemente la mejor obra de su filmografía). Eso sí, Larraín opta por no encomendarse al biopic, puesto que este no deja mucho lugar a la crítica social y a la interpretación, sino que da rienda suelta a su imaginación, reescribiendo historias ya contadas y acercando a lo onírico las vidas de aquellos a quienes convierte en sus protagonistas.

Su nueva víctima es Augusto Pinochet, personaje nombrado mil y una veces a lo largo de su carrera, que es convertido en un vampiro francés afincado en Chile y que, tras sufrir lo que él mismo considera un escarnio público e injusto, decide que ya ha llegado la hora de abandonar nuestro mundo. Por supuesto, esto no podría tomarse demasiado en serio si no fuera porque Larraín escoge la sátira como el género principal de la película, porque siendo honestos, la película entraría de forma mucho más amarga si hubiera sido realizada como si un film de Murnau se tratara.

Y es que pareciera que el autor chileno llevara preparándose para esta película muchísimo tiempo, pues a lo largo de toda su obra utiliza este mismo tono en muchas ocasiones. Sin embargo, parece que este entrenamiento no ha dado el mejor resultado posible. Es cierto que, en muchas ocasiones, es ese mismo tono satírico el que ameniza la función, pero la realidad es que la recurrencia de los temas y chistes es tan alta que, en cierto modo, la película puede tornarse en algo mucho más vacío y, por tanto, menos interesante. Aun así, la labor del equipo técnico en los departamentos de arte, música, montaje y, sobre todo, fotografía es tan sensacional que termina mejorando tantísimo el acabado de la cinta que, en cierto modo, hace que uno tenga mucho menos en cuenta otros aspectos que pudieran flojear un poco más.

En definitiva, es curioso que Netflix haya tomado la decisión de embarcarse en esta aventura y de arriesgarse de tal modo. Bien es cierto que Larraín es muy reconocido en Estados Unidos, pero uno no puede dejar de sorprenderse cuando una compañía como esta le otorga la confianza necesaria a un autor tan personal. ‘El Conde’ es una gran adición a la excelsa filmografía de su autor, que se corona como uno de los directores más importantes e influyentes de Latinoamérica y, lógicamente, no queda más que alegrarse de que las plataformas apuesten por su talento.