‘Babylon’: Una oda al jazz y al cine

Brad Pitt, Margot Robbie y Diego Calva protagonizan los excesos y entresijos de los años 20 con multitud de referencias al cine clásico.

Damien Chazelle nos mostró en ‘Whiplash’ la música como el origen de su ambición; en ‘La La Land’, su pasión y su deuda por el cine, y en ‘First Man’ su capacidad para contar de manera diferente una historia más que conocida. Con ‘Babylon’, Chazelle nos lleva a la época del cine mudo donde da rienda suelta a su creatividad y deja huella en cada plano. 

Los primeros minutos de este metraje de más de tres horas son la mejor carta de presentación donde nos ilustra con todo lujo de detalles los excesos y excentricidades de unas fiestas que no se cortan a la hora de enseñar su lado menos amable cuyo tono varía según las necesidades del momento llegando incluso a saturar al espectador con escenas tan explícitas. Y se nota que Chazelle ha tenido carta blanca a la hora de reflejarlo.

Es cierto que ‘Babylon’ no cuenta una historia como tal, sino el lado oculto a grandes rasgos de una industria que está en auge. Pero sí es una historia de personajes, porque en la cinta hay muchos y Damien juega con todos sin dejar a nadie en el banquillo, pero se centra en tres de ellos para destriparlos por dentro y despellejarlos por fuera hasta llevarlos al límite.

Tampoco es una historia de diálogos pues, en ocasiones, se muestran insulsos que no funcionan más que para decorar secuencias. Pero no necesitan ser relevantes en una historia que se cuenta por sí sola gracias con escenas tan bien dibujadas que la hacen imprevisible.

Y por si fuera poco, Tom Cross no regala una masterclass de edición con un montaje acorde con el espíritu del director, envolviéndonos con un ritmo a la altura de la maravillosa banda sonora y tomando mayor protagonismo cuando intercala planos al corte con planos secuencia.

Como niño con juguete nuevo

Chazelle se lo pasa en grande con ‘Babylon’ disfrutando tanto de lo que hace que da la sensación que no la quiere acabar nunca. Incluso cuando los personajes ya no pueden dar más de sí y este les explota hasta quedar satisfecho con su final. Y lo hace de una manera tan natural que parece que son los propios personajes los que no quieren desaparecer de la historia que tanto les ha consumido.

Cine y Jazz

“Parte del problema con el jazz, es que no solo debes oírla. Tienes que verla, ver qué está en juego” es una de los mensajes que Seb le intentó transmitir a Mia en ‘La La Land’ y que Chazelle trae de vuelta en ‘Babylon’ con un soundtrack lleno de canciones de este género haciéndole el verdadero centro de atención cada vez que hace acto de presencia y jugando con él para que el espectador no se limite solo a oírlo.

El cine es otra de las pasiones del director al que siempre se ha sentido en deuda y lo soluciona empleando sutiles referencias al principio y otras más notables según avanzan los minutos. Hasta llegar a un final que mezcla el jazz con el cine en un batiburrillo de imágenes que parecen provocar el caos en la sala, pero que están bajo el control de Damien Chazelle, firmando así esta carta de amor al séptimo arte.