Los niños todavía ven la vida con todos sus colores y nosotros, con los años, vamos dejando que todo se vuelva un poco más gris. Nos olvidamos de mirar, nos olvidamos de jugar e incluso de reírnos. Y qué cosa tan bonita que una película consiga recordárnoslo.
Arriba Tutto empieza como si alguien hubiera metido en una coctelera a Don Quijote, Chaplin y unas cuantas celebridades del cine clásico para hacerlos huir de los nazis por La Mancha. Delirante. También muy castellana. Hay folklore castizo, música, imágenes que parecen sacadas de un cuento y un montón de personajes empeñados en inventarse el italiano porque, por algún motivo, aquí todo el mundo puede ser italiano si se lo propone lo suficiente.



Y entonces aparece el cine. El cine dentro del cine. Gente que va al cine en el cine. El cine como refugio, como espectáculo y, sobre todo, como herramienta de esperanza. Sin llegar a profundizar del todo, la película no se centra solo en el cine sino en el arte de entrenamiento en su naturaleza más pura. Porque Arriba Tutto habla de enamorarse. Enamorarse por primera vez, enamorarse del espectáculo y enamorarse de la vida. De descubrir que todavía queda algo por lo que ilusionarse incluso cuando alrededor todo parece decidido a quitarnos las ganas.
Es, en muchos sentidos, una historia de caballerías, una historia de caballeros contra gigantes que quizá ya no son molinos. Y en el centro de todo está la figura del payaso. Una figura que en España seguimos sin reconocer del todo y que, sin embargo, alberga a algunos de los mayores referentes del medio. El payaso como hazmerreír, sí, pero también como uno de los grandes tesoros del humorismo. El que se pone la nariz para que los demás puedan reírse. Hay gente a la que le viene grande una nariz de payaso, a José Mota no. Mota la luce con un gusto sorprendente y, quizá precisamente por eso, cuando se la quita durante unos instantes impresiona. Estamos tan acostumbrados a su tono cómico, a sus personajes y a esa voz que forma parte de nuestra cultura pop (yo, personalmente, no sé si algún día dejaré de escuchar la voz de Asno cuando habla) que verlo abandonar el gag para ponerse al servicio de una historia más dramática produce un efecto extraño. Y funciona.



Está muy bien medido cuánto de José Mota hay en Arriba Tutto. Porque el humor también son ritmos. Es lenguaje. Y Mota entiende perfectamente el lenguaje del humor, incluso cuando no está haciendo un chiste. El humor verbal, pero también el humor físico, la pausa, la mirada, el gesto. Y luego está el niño. El niño es la cosa más mona del mundo. No sé de dónde lo han sacado, pero es perfecto. Es precioso en que una película así esté contada casi desde la perspectiva de un niño, como un cuento. De pequeño habría estado obsesionado con esta película. Probablemente habría comprado todas sus moralejas.
Porque debajo de todo el delirio hay una película bastante más triste de lo que parece. Una película bélica sobre la pérdida de la infancia. Sobre lo pronto que olvidamos lo que significa mirar el mundo con esperanza. Sobre ese momento en el que la vida deja de parecer un cuento y empieza a enseñarnos que también existe la guerra. Pero también hay un después. Incluso después de una guerra tiene que quedar algo, ¿no? El miedo cambia de forma pero sigue ahí, cuando una guerra desaparece de un sitio, aparece en otro. Y quizá una de las pocas maneras que tenemos de enfrentarnos a él sea seguir haciendo lo más inútil: reír. Aquí o nos reímos todos o ninguno. Porque la risa también es una forma de libertad. Y quizá por eso el humorismo tenga algo de heroico. Hay una genialidad muy particular en ese artista excéntrico que decide abandonar el gag, mirar de frente al miedo y seguir adelante. Un caballero de la comedia que entiende que hacer reír no es solamente entretener.
Arriba Tutto quiere que volvamos a ver los colores. Quiere que recordemos que hubo un momento en el que el mundo todavía podía ser rojo, azul y amarillo chillones. Que antes de aprender a tener miedo aprendimos a imaginar.
Que no caiga el telón. Que siga la función. Que sigamos riéndonos.


