‘El mal no existe’: Sencillamente poderosa

Ryusuke Hamaguchi se ha convertido en uno de los cineastas de referencia en el cine de autor en los últimos años, una de esas voces que calan allá donde pronuncie palabra. Después de los exitazos de ‘Drive my car’ y ‘Wheel of Fortune and fantasy’ ahora presenta ‘El mal no existe’ (‘Evil does not exist’) con premio en Venecia incluido.

‘El mal no existe’ cuenta cómo una pequeña comunidad de un pueblo remoto de Japón debe enfrentarse al ultracapitalismo que todo lo devora. Esta vez es en forma de turismo, representado por una empresa que quiere instalar un glamping (mezcla de glamour y camping) en el propio pueblo, perturbando así el equilibrio que tanto ha costado construir.

Hamaguchi utiliza la sencillez a su favor, pero no refiriéndonos a una sencillez en el que el argumento o el cuerpo de la película se convierte en algo simplista, sino a esa difícilmente alcanzable sencillez que convierte lo sencillo en precioso y que hace de lo menos más. El director japonés ya nos tiene acostumbrado a ello, pero es que uno no puede dejar de fascinarse por la facilidad para narrar historias que te aporta el poseer un talento inmenso.

En ‘El mal no existe’, Hamaguchi relata y critica los horrores que el capitalismo puede desatar sobre el ecosistema y el equilibrio natural del mundo, haciendo de sus personajes un valor tremendo dentro de la obra. Tanto los propios locales como los empresarios de la capital tienen su parte y sus puntos de vista representados pero, una vez expuesta la tesis, uno debe posicionarse a favor de la preservación o a favor de la barbarie.

Hamaguchi vuelve a desatar la euforia entre la crítica presentando una de las mejores películas de lo que va de Festival, dejando claro que su carrera como cineasta de éxito va para larga. Por último, me gustaría hacer referencia a la violencia del final de la obra, algo no especialmente común en su cine, pero, al fin y al cabo, ¿no es violencia lo que el sistema impone a sus zonas rurales?