‘Cerrar los ojos’: El último gran momento de nuestras vidas

Hace tan solo unos meses conocíamos la noticia de que Víctor Erice, una leyenda del cine español, estaba trabajando en un nuevo proyecto. Se trataba de Cerrar los ojos, su cuarto largometraje, que llegaría a los cines más de treinta años después de El sol del membrillo, el tercero. Hoy el Festival de San Sebastián estrena su nueva película y le condecora con el Premio Donosti, un galardón de honor que hace homenaje a su carrera, a su talento y a su pasión por el cine.

Manolo Soto interpreta a Miguel Garay, un cineasta que participa en un programa de televisión sobre casos sin resolver para dar su punto de vista sobre la desaparición de uno de sus mejores amigos, un José Coronado que interpreta a Julio Arenas, a un actor que, en mitad del rodaje de la segunda y última película de Miguel (unas cuantas décadas atrás) desaparece sin dejar rastro alguno. Además, Ana Torrent vuelve a rodar con Víctor Erice cincuenta años después de protagonizar El espíritu de la colmena, ópera prima del autor vizcaíno, interpretando a Ana Arenas, hija de Julio.

Cerrar los ojos es un milagro. Y no es un milagro por el simple hecho de que exista de por sí (que también), sino por lo que significa el proyecto en sí mismo. Víctor Erice es una de las voces más influyentes de la historia de nuestro cine (el único director español con una película en el top 100 de mejores películas de la historia de Sight & Sound), y que haya regresado a los cines con una historia prácticamente autobiográfica supone que el arte, aunque sea por tan solo ciento setenta minutos, renace de donde quiera que se estuviera escondiendo.

La historia de Miguel y Julio no es más que una metáfora de la historia del propio Erice, en la que el director plasma sus inquietudes, sus miedos y, también, sus fracasos. Hace unos veinte años a Víctor Erice se le encomendó adaptar a la gran pantalla El embrujo de Shanghai, novela de Juan Marsé, pero la productora que en ese momento se encontraba a cargo del proyecto decidió frenarlo en seco y entregárselo a otro director por culpa de la lentitud del autor. Erice es conocido por tomarse su tiempo para realizar sus proyectos, por ser muy preciso y repetir cuantas veces sea necesario con tal de que la obra final sea tal y como él se la

imaginó en un principio. Hoy sabemos que el guion que Erice había preparado para El embrujo de Shanghai es una maravilla, y que la película que lo reemplazó fue un fracaso en la crítica. Por supuesto, no es casualidad que la película que Miguel Garay deja a medias por culpa de la desaparición de su amigo estuviera precisamente localizada en China.

La forma de autorretratarse en Cerrar los ojos es simple y llanamente un regalo para aquellos quienes disfrutan del séptimo arte. La cantidad de referencias a las películas que marcaron la historia del cine (chascarrillo sobre Carl Theodor Dreyer incluido) son maravillosas y consiguen ejemplificar el amor que Víctor Erice le tiene al arte del que es parte. Erice se abre en canal una vez más para contarnos qué le sucede y por qué, y lo hace de una forma tan mágica que a uno no le queda más que sentirlo como si le estuviera pasando a uno mismo.

Víctor Erice siempre será recordado como el mayor cineasta de nuestro país, ese personaje tímido y, en cierto modo, huraño que siempre se debió a sus principios, a sus códigos y a su forma de entender el arte. Hoy ha presentado la que podría ser su última película, una especie de testamento autoral (aunque él mismo diga que no le gusta denominar de tal forma a la película) que entrará en la historia como una de las mejores películas de la historia de nuestro cine. Hoy se entrega el premio conmemorativo más justo que se ha visto jamás y es que hoy todos los que hemos visto Cerrar los ojos en comunión y armonía, hemos sentido que estábamos viviendo el último gran momento de nuestro cine.