‘Mi soledad tiene alas’: Mario Casas se luce en su debut como director

‘Mi soledad tiene alas’ es ambición por lo estético y ansias de hacer cine. Mario Casas sabía a lo que se enfrentaba y lo ha hecho sin ningún tipo de pudor porque solo él era capaz de afrontar su debut en la dirección de una película con un plano secuencia que inicia con un ritmo bastante acelerado, pero del que se aprovecha para usarlo como carta de presentación de su película. Es cierto que esa dinámica la sigue en gran parte del metraje y hace que el espectador llegue algo fatigado a un final tratado de una manera más pausada, pero que se vuelve a dinamizar para volver a las alturas y poder ver desde ahí todo lo que se ha creado.

Lo que sí que tiene alas es la creatividad del director y su capacidad de hacerla volar tan lejos que nos postramos ante él como creador de una pieza hecha con corazón, con rabia, con dolor y con un obligado desahogo después de todas esas imágenes que pedían con desamparo un pequeño suspiro. Óscar Casas defiende con creces esas ansias de gritar desesperadamente el dolor de las heridas abiertas que guarda en su interior y que pretende cubrir con un rol de chico duro aunque la ternura con la que trata a su gente hace que dudemos de esas primeras intenciones. Candela González y Farid Bechara le acompañan formando lo que parece el elenco perfecto para personificar un guion muy bien escrito donde todo tiene sentido y que hace que sintamos un nudo en la garganta que empeora con el desasosiego que impone la propia narrativa.

Todo ello transcurre en varias localizaciones, cada una tratada de manera independiente simplificando la información en muchas de ellas a las luces de neón que abarcan toda la pantalla y se adueñan de la escena. Los muros de grafitis en las calles madrileñas y hasta unas llamaradas que parecen salir de las propias manos del protagonista enriquecen ese afán de hacer un cine artístico y atractivo con referencias a los mejores directores que han sabido retratar en sus obras unos personajes a los que el mundo les pertenece. Y esa es la sensación que da. Porque la cámara quiere a los actores de la misma manera que la escena ama a sus personajes y trata de ensalzarles. 

Lo que parecía un experimento ha terminado siendo una pieza imprescindible para las carreras de los hermanos Casas que reafirma su talento de hacer cine y haber nacido para ello.