Hace dieciséis años, el australiano James Wan, uno de los estandartes más populares del cine de terror, lanzó esta saga que, a día de hoy, puede que sea una de las más solicitadas por los fanáticos de este género. Por mi parte, tengo que ser sincero y admitir, o mejor dicho, recalcar, que solo he visto una película de esta icónica saga, ya que el cine de terror no es un género por el que sienta mucha devoción. Se puede decir que mis miedos, que orbitan en torno a este tipo de historias, son la ignorancia y la incultura.
Partiendo de una base muy clara de desconocimiento y hablando como un espectador medio, normal y corriente, que no suele tener muchas expectativas con quintas o sextas películas de sagas de terror, he de decir que me ha parecido una película muy entretenida, con la que no me he aburrido en ningún momento y con la que he disfrutado mucho de ese ritmo distinto y complejo de sustos, combinado con situaciones paranormales y sobrenaturales que, a veces, pueden resultar hasta un poco fantásticas más que fantasmagóricas.



Desconozco si a los demás espectadores esta parte de la saga les ha parecido verídica o simplemente un relleno más que cuenta con los mismos trucos y artilugios para proporcionar ese susto típico, digno de lo más recurrente en este tipo de cintas. Una película que juega con esas puertas y pasillos tan característicos, que puede que tengan más protagonismo que los propios personajes. Y es que, en este caso, sí que puedo decir que estos carecen de definición, hasta el punto de no resultar especialmente interesantes dentro de la trama. Para esta ocasión, se coge a un personaje que cuenta con mucha estima entre los amantes de esta saga y se construye una historia que parece no tener nada que ver con lo que se había reflejado anteriormente en las otras entregas.
Gemma es una joven higienista dental que ha regresado a la antigua casa victoriana en la que pasó parte de su infancia junto a su madre, Ingrid (Laura Gordon). Su vida familiar quedó marcada por el suicidio de esta, ocurrido después de que aparentemente atravesara problemas relacionados con su salud mental o con las drogas. Ahora Gemma ha formado su propia familia y se encuentra criando en solitario a su hija Maya (Island Austin). Sin embargo, su situación personal deja algunas incógnitas difíciles de ignorar, especialmente cuando surge la duda de cómo una joven huérfana y sin apenas apoyo familiar consigue costear sus estudios en Estados Unidos.
Todo comienza a complicarse cuando Gemma alcanza la misma edad que tenía su madre cuando decidió quitarse la vida. A partir de ese momento empieza a sufrir episodios similares a la parálisis del sueño y a percibir extrañas presencias dentro de la vivienda. La situación se vuelve todavía más inquietante con la llegada al vecindario de tres ancianos bastante peculiares que parecen tener un interés especial en vigilar sus movimientos.



La presencia de estos tres personajes me recordó inevitablemente a ‘Los Otros’, de Alejandro Amenábar, especialmente por esa atmósfera misteriosa que generan y por la sensación constante de que esconden algo que todavía no conocemos.
Nick (Brandon Perea), su novio y policía, intenta avanzar en la relación pese a las reticencias de Gemma y, en un principio, tampoco concede demasiada importancia a la presencia de estos extraños vecinos. Sin embargo, su actitud cambia cuando los acontecimientos sobrenaturales empiezan a hacerse cada vez más evidentes. Detrás de todos estos sucesos parece encontrarse una entidad procedente del más allá, representada por una especie de gurú de estética sesentera interpretado por Sam Spruell, conocido también por su participación en ‘Fargo’. Su objetivo no es otro que encontrar la manera de regresar al mundo de los vivos utilizando a Gemma como vínculo.
Una realización llevada a cabo por el joven Jacob Chase, un director de cuarenta años al que ya vimos hacer un trabajo bastante decente en ‘Ven a jugar’ y que todavía tiene mucho camino por delante. Al fin y al cabo, tener cuarenta años en el mundo del cine es como tener veinte en el fútbol. Además, consigue aportar a la película cierta frescura narrativa que resulta bastante significativa y destacable.
En definitiva, creo que la energía de este demonio rojo está llegando a su fin, pero todavía queda una última oportunidad para seguir explorando las inquietudes entre el bien y el mal que nos plantea ese misterioso mundo del más allá.


