Hay algo de la infancia que se nos olvida demasiado fácilmente. Esa capacidad de mirar cualquier rincón de la casa, cualquier árbol o cualquier historia y pensar que detrás puede haber un mundo entero esperando a ser descubierto. ‘El árbol muy muy lejano’ parte precisamente de ahí: de intentar recuperar esa mirada infantil en un momento en el que parece que ya no queda demasiado espacio para la imaginación.
Adaptada de los clásicos cuentos de Enid Blyton, la película sigue a tres hermanos que se mudan con sus padres al campo y descubren un árbol mágico que funciona como puerta de entrada a todo tipo de mundos. Una premisa tan sencilla como efectiva que la película aprovecha para construir una aventura colorida, absurda y, sobre todo, tremendamente acogedora.



Porque ‘El árbol muy muy lejano’ es muy cuqui. A ratos incluso ridícula. Hay momentos en los que resulta difícil tomarse demasiado en serio lo que está pasando, pero también es precisamente ahí donde encuentra buena parte de su encanto. Lo que más me sorprendió es que detrás de toda esa fantasía hay una película bastante emocionalmente inteligente. Habla de la familia, de los sueños de los padres y, especialmente, de esa distancia que a veces aparece entre el mundo adulto y la manera en la que los niños entienden lo que sucede a su alrededor. La película entiende que una historia infantil no tiene por qué ser constantemente solemne para hablar de cosas importantes. En definitiva, consigue compartir, aunque sea por un rato, lo que pasa por ese pequeño cerebrito de un niño que todavía está intentando comprender el mundo.
Y eso también se traslada a sus protagonistas. Andrew Garfield y Claire Foy funcionan especialmente bien como los padres. Hay una naturalidad en sus interpretaciones que ayuda a que la película nunca se sienta completamente desconectada de la realidad. Y, milagrosamente, los niños tampoco resultan agotadores, que ya es bastante decir cuando ellos son literalmente el centro de la historia. Además, está llena de pequeños papeles interpretados por actores británicos de comedia que aportan ese toque de humor absurdo tan característico. Y sí: Andrew Garfield está probablemente más guapo de lo que debería estar permitido en una película infantil. Había que decirlo.



Visualmente, la película consigue algo que no siempre es fácil en este tipo de historias: hacer que la magia parezca tangible. Cada vez que comenzaba una escena tenía cierto miedo de encontrarme con un decorado vacío o con un mundo digital sin personalidad, pero tanto el vestuario como los decorados y los efectos especiales consiguen construir un universo verdaderamente acogedor. Hay una sensación constante de estar dentro de un cuento ilustrado que cobra vida.
¿Es perfecta? Ni de lejos. Hay cosas que no terminan de encajar del todo y, en algunos momentos, da la sensación de que hay demasiada historia para el tiempo que tiene la película.
Aquí algunos elementos aparecen, funcionan durante un rato y desaparecen antes de que tengamos tiempo de disfrutarlos del todo. Pero tampoco creo que ‘El árbol muy muy lejano’ necesite ser perfecta para funcionar. Es una película infantil que tiene algo que últimamente parece cada vez más difícil de encontrar: alma. Puede ser obvia, exagerada, tremendamente absurda y un poco caótica, pero nunca llega a sentirse completamente vacía. Es colorida, es extraña, es británica hasta la médula y tiene un mundo que apetece visitar.


