Tiene que haber espacio para el humor barato, absurdo y sentimental. Marc Ferrer vuelve a hacer de las suyas con Cinemanía, una comedia coral en blanco y negro que reúne a un director de cine al que todo le sale mal, una psicóloga obsesionada con su ex, una familia amenazada por una plaga de ratas, monjas y agentes de la CIA. Todo para hablar de algo tan sencillo como es intentar ser feliz.
Si eres ajeno al universo de Marc Ferrer, los primeros veinte minutos pueden descolocarte bastante. Su humor, el ritmo de las interpretaciones y la manera en la que sus personajes se relacionan entre sí necesitan cierto tiempo para entrar. Pero una vez que conectas con su propuesta, es imposible no acabar riéndote. Porque entre tanto gag y situaciones absurdas hay algo mucho más real de lo que parece a primera vista.



Con una buena dosis de autobiografía, Marc convierte Cinemanía en una especie de grandes éxitos de su propia vida. Un repaso a las experiencias, frustraciones y anécdotas de un cineasta independiente que lleva años haciendo películas al margen de la industria, tirándose a la piscina con cada nuevo proyecto y encontrando en el cine su propia forma de sobrevivir. Marc utiliza el absurdo para contar sus propias verdades. Basta con prestar atención a lo que dicen sus personajes para descubrir que debajo de cada broma hay frustraciones bastante reconocibles. La precariedad, las relaciones personales, las dificultades para salir adelante y esa necesidad constante de encontrar algo a lo que agarrarse. Todo está ahí, aunque la película prefiera contarlo entre risas.
Puede que su humor no sea para ti, pero también hay algo bonito en una propuesta que defiende su manera de hacer las cosas hasta las últimas consecuencias. Porque el cine también necesita películas así: imperfectas, desvergonzadas y con el corazón en el sitio correcto.


