El debut como directora de la actriz Olivia Wilde se saldó en 2019 con un taquillazo del cine indie americano. En ‘Booksmart’, comedia juvenil, Wilde ya daba a entender a las grandes productoras que contaba con una conexión especial con el público (mayoritariamente el joven) y le sirvió para producir la ultracontroversial ‘Don’t worry darling’ que acaparó todos los focos en el Festival de Venecia más por su parafernalia externa que por su narrativa. Ahora Wilde estrena ‘La invitación’, una suerte de pequeño paso hacia atrás o, al menos, un retorno hacia la producción más pequeña, comedia y de festival indie.
En ‘La invitación’, el enésimo remake internacional de ‘Sentimental’ del español Cesc Gay, se narra el momento en el que un matrimonio que se resquebraja por todas sus esquinas recibe la visita de sus nuevos vecinos. Estos, que casi parecieran protagonizar un ‘home invasion’ asfixiante, cuestionan el funcionamiento de la aparentemente consolidada pareja con una serie de preguntas que replantean todo un matrimonio.



En ese sentido, Wilde centra todos sus esfuerzos en un guion saturadísimo de pequeños gags que, sin terminar de atraparme (seguramente por los prejuicios ante ciertos temas a tratar), encuentra una pulsión narrativa convincente. Penélope Cruz, Edward Norton, la propia Olivia Wilde y, sobre todo, Seth Rogen, desatan todo un aparataje cómico imposible de obviar. Y la sala, con toda la razón del mundo, se desternilla de la risa.
Es ese mismo pulso cómico lo que sostiene la película entera. Y es que, si bien hubiera sido interesante observar una exploración formal en cuanto a las imágenes se refiere, es entendible que Wilde se limite a sí misma teniendo entre manos una comedia situacional de cuatro personajes en un único espacio. Sin embargo, existen ciertas repeticiones (sobre todo en su montaje) que terminan por extenuar a un espectador que, en realidad, se encuentra ante una historia que ha visto mil veces. Este es el único problema que le encuentro a una película que lucha fervientemente por caer ligera. Las vueltas sobre el mismo tema con un montaje plano-contraplano no demasiado imaginativo termina por devaluar ligeramente una película que parecía perfecta.
‘La invitación’ es, por tanto, una película correcta, graciosa, amena y cómoda, que funciona en todo aquello que se propone y que puede conectar con un buen grueso del público general, pero quiero pensar que no es el gran hit del cine indie americano del que se habla, pues si así lo fuera, nos estaríamos encontrando ante un panorama conformista en el que no se exploran nuevas formas de hacer cine y en el que las historias ni siquiera son originales.


