En el año 2013 Jonás Trueba estrenaba en cinetecas y festivales ‘Los Ilusos’, su segundo largometraje que, posteriormente, daría nombre a su propia productora, Los Ilusos Films. Era su segundo largometraje y llegó unos cuantos años antes de sus grandes hits ‘Quién lo impide’ (2018-2020) y ‘La virgen de Agosto’ (2019). Ahora, trece años después, el cineasta revisita su obra, modificándola, mutándola, para darle un estreno profesional en salas bajo el nombre de ‘Los Ilusos 13+13’.
Y es que, como viene demostrando película tras película, una de las grandes inquietudes de Trueba es la vida cotidiana del madrileño. Pero no un madrileño cualquiera, uno muy concreto y en el que, de alguna forma, el propio cineasta se ve reflejado. Se trata de un madrileño culto, que lee poesía, que persigue el sueño del artista (actriz, cineasta, guionista, escritor, músico), que está completamente desencantado con el mundo que le rodea y que, de alguna forma, le es imposible (por muy charlatán que fuera) expresar con palabras de forma sincera aquello que no le deja dormir por las noches.



Esos ilusos a los que Trueba se refiere no son más que treintañeros que ven como la vida se les escapa de las manos. Que se refugian en la poesía cuando son incapaces de encontrar el amor o que pernoctan en bares con música en directo. Que toman café en esas mezclas de cafetería y librería que tanto son acusadas de promover la gentrificación pero que también son supervivientes de un mundo asfixiante. Estos ilusos, que están convencidos de que la vida no les da tregua, a su vez, creen en la posibilidad de que algún día esta les sonría. Y sin embargo, a menudo, no son capaces de identificar los momentos fugaces, casi imperceptibles, que la cotidianidad les ofrece bajo el nombre de “felicidad”.
‘Los Ilusos 13+13’, así como ya lo era ‘Los Ilusos’, es un retrato del pijo madrileño que cree que es menos pijo porque no visita un café de especialidad. Él solo toma café con leche mientras sostiene un libro francés sobre el suicidio. Un drama, un autorretrato. Esos a los que “últimamente les cuesta mucho ver cine”, mientras persiguen con desesperación a directores conocidos por la calle con el objetivo de encasquetarles un guion o de que les den un papel como secundario en su nuevo drama de autor.



Trueba, como buen y fiel seguidor de Godard (o de la nouvelle vague, en realidad), trata de hablar de lo puramente cotidiano. Como ese insulto de un borracho a las ocho de la mañana que se cuela por la ventana de quién se hace un café y que suena más a una especie de grito de auxilio. Uno más. Así, los planos de ‘Los Ilusos 13+13’ son tranquilos, que no reposados y, ni mucho menos, lentos. Pues la tranquilidad que desean los personajes de la ficción solo puede ser encontrada por la imagen fílmica, que se cuela en los momentos más íntimos y que es capaz de rodar cómo uno lee un poema después del coito, tratando de poner en solo dos versos todo un discurso imposible de descifrar y expresar. Al fin y al cabo, el arte expresa lo indecible, y lo que León (Francesco Carril) tarda en decir cinco minutos (agotando a interlocutor y espectador), el poema lo transforma en diez o doce palabras.
Y si bien es cierto que estos personajes son un poco pesados; y que el cineasta parece tener la incesante costumbre de colarse una y otra vez en el plano, construyendo un metacine, a menudo, forzado; la gran virtud de ‘Los Ilusos 13+13’ recae en su pureza, en su naturalidad. Esa que solo puede obtenerse cuando es prácticamente la primera vez que uno rueda algo y que utiliza la ficción como tubo de escape por el que, al igual que los personajes de la historia, expresar mediante el arte lo que uno es incapaz de pronunciar. Por eso, tal vez, Trueba parece tener la necesidad de intervenir constantemente. Porque lo que en su discurso son horas de meditaciones y charlas, en el cine se resume en un plano. Y qué plano.


