‘Los amantes del engaño’ o cómo destruir tu propia obra

Una pareja que se enamora fervientemente y que supera mil obstáculos para poder estar juntos mientras que timan y roban a un puñado de ricachones insoportables. Todo ello se cuenta mediante una especie de flashback (recurso muy utilizado en su cine) desde un juicio cuyo acusado no nombraré para no desvelar la trama de la película. La historia que plantea Nicolas Bedos en ‘Los amantes del engaño’ es, como todas las que ha presentado desde su salto a la dirección en 2017 con ‘Madame et Monsieur Adelman’, muy interesante y, seamos honestos, divertida.

Desde un primer momento la relación entre Adrien y Margot, protagonistas de la cinta, se ve orgánica, pasional, sensual y muy romántica, y el espectador necesita que estén juntos y que todo salga bien porque la química que desprenden es casi inevitable; todo, por supuesto, redondeado por unas interpretaciones fantásticas de Pierre Niney y, sobre todo, de Marine Vatch. Si a esto le sumamos que los pijos ostentosos a los que quieren fastidiar son la histórica Isabelle Adjani y el gran François Cluzet (conocidísimo por su papel en ‘Intouchables’) nada parecía poder salir mal.

Y es que, siendo totalmente sincero, la película transcurre de una forma verdaderamente interesante durante casi dos horas. Por supuesto que uno podría pararse a pensar y observar pequeñas trampas típicas del género o diálogos no tan orgánicos, pero tendríamos que ponernos demasiado quisquillosos y tampoco es plan. La dirección de Bedos, como ya suele acostumbrar, es brillante, con unas puestas en escena con segundos discursos realmente trabajados. Sin embargo, los últimos veinte minutos de obra se lo cargan todo.

El arte mal utilizado

Ya ‘Monsieur et Madame Adelman’ y en ‘La belle époque’, películas que, por otro lado, son bastante mejores que ‘Los amantes del engaño’, despertaron en mí unas sospechas un tanto tristes. ‘Los amantes del engaño’ las ha confirmado. No me gustaría desvelar el final, pero es que me es imposible no comentar que, por algún trauma pasado que no conocemos, Bedos parece tener una cierta obsesión con demonizar a la protagonista femenina y victimizar a su contrapartida masculina. Y es que ya sucedía en sus dos obras anteriores, en las que construye un personaje masculino horrible, de esos que a veces dan hasta miedo, pero consigue realizar un giro de tuerca para manipular el punto de vista del espectador con la excusa de que las personas cambian y que merecen segundas oportunidades. No es así con las mujeres, a quienes tiende a representar como personas ingenuas y divertidas hasta que se revela que son extremadamente calculadoras, frías y que traman un plan malévolo a espaldas del pobre protagonista masculino, a quien siempre quieren destrozarle la vida.

Es lógico que los directores (y más aún si son autores y guionizan sus propias películas) tiendan a expresar sus traumas, pues el cine es un arte y el arte siempre ha tenido la función de vaciarse por completo pintando, esculpiendo, componiendo o escribiendo aquello que te atormenta por las noches. Pero cuando tu único tormento parece ser el que aquí nos acontece… Tal vez sería mejor otro tipo de ayuda.