‘Oppenheimer’: Magníficamente descomunal

El terreno del biopic suele resultar pantanoso para aquellos autores que intentan adentrarse en él y, los que consiguen salir airosos del desafío suelen llenarse de premios por su trabajo. Ahora, parece que por fin le toca a Christopher Nolan dar ese paso.

El propio director lleva meses avisándonos de la magnitud de ‘Oppenheimer’, recomendándonos asientos en la sala de cine, contándonos como recreó la gran explosión nuclear sin efectos digitales o avisándonos de que muchos de los espectadores que la vieron meses antes de su estreno quedaron prácticamente traumados con el final de la obra. Sin embargo, nada de ello nos preparó para lo que es realmente ‘Oppenheimer’: un thriller político de magnitudes gigantescas.

Seamos sinceros, ‘Oppenheimer’ no es una película sobre la creación de la bomba atómica; es un homenaje al científico más importante de la historia de Estados Unidos, que cambió la concepción del mundo por completo con tan solo un invento. Es por ello que la mayoría de la película no se centra en la investigación y desarrollo del arma, sino en su vida, sus relaciones con sus amigos y amores, sus inquietudes políticas (guiño a nuestro país incluido) y sus formas de reaccionar a las diferentes acusaciones que aquellos quienes no le querían a la vista hicieron contra él.

Dr. J. Robert Oppenheimer o: cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba.

‘Oppenheimer es’, posiblemente, la gran película de Christopher Nolan; esa gran obra magna que todo autor aspira a realizar. Todo en la película cobra unas dimensiones apasionantes, y es que estamos ante la película más brillantemente completa de su filmografía. Desde la música, los efectos visuales, el montaje o el sonido y hasta una interpretación de Cillian Murphy que es de esas por las que eres recordado para siempre. Todo es magnífico.

Sin embargo, personalmente debo ponerle un único “pero”. Nolan aprovecha una estructura de flashbacks y flashforwards similar a la de ‘Dunkirk’ para contar una historia casi inabarcable, pues al fin y al cabo es de una vida casi completa de lo que hablamos. La película se subdivide en dos grandes tramas, una centrada en la bomba en sí misma, y otra en su persecución por parte de ciertas élites por su carácter progresista y cercano al comunismo. Ambas tramas podrían conformar dos películas por separado, pero al unificarlas, su director se encuentra con un gran problema: cuando una ya ha terminado y ha dejado más que saciado al espectador, a la otra le queda un buen trecho, convirtiendo así el resto de la película en una especie de diálogo repetitivo e interminable que precisa de un alivio que debería haber llegado por parte de la otra historia pero que, tristemente, nunca lo hace. Se confirma así, una vez más, que Christopher Nolan a veces peca de confiar demasiado en su guion (exquisitamente escrito por otro lado).

Por supuesto, esto no quita ningún mérito a la obra, sino que simplemente disminuye su categoría de “gran obra maestra de este siglo” a ‘simplemente’ “una gran película”. Christopher Nolan ha encontrado por fin la gran historia que le coronará como uno de los grandes directores del Hollywood moderno (si es que no lo era ya), y yo, por supuesto, siento que es lo más justo.