‘Fast X’: vuelve la gasolina.

La décima parte de la saga ‘Fast’, o la decimosegunda si contamos los spin off, se resume en coches, explosiones, tensión, gasolina -pero de la de Daddy Yankee- y, por supuesto, la familia. Y es posible que ese sea el concepto general en el que ha derivado lo que empezó siendo un festival de carreras de coches y delincuencia callejera, pero mantiene el estilo del principio y ha evolucionado en un arsenal de escenas sin límite que cuida con respeto el legado de las primeras películas. El argumento, al igual que en las anteriores, se basa en enfrentar a los protagonistas a un pasado que trae consigo al mayor enemigo al que se hayan enfrentado. 

Aunque otras entregas han empezado directamente con escenas de acción pura que nos meten de lleno en la película, ‘Fast X’ decide reunirnos en una obligada barbacoa con todos los integrantes del equipo que les recuerda lo unidos que están. Es ese quizá el momento más lento y cogido con pinzas, pero nos olvidamos rápido de él cuando viajan a Roma y comienza el verdadero espectáculo que esperábamos.

Durante toda la película no dejamos de ver acción, acción y más acción con situaciones imposibles de las que salen ilesos que nos creemos sin cuestionar nada gracias a lo bien explicadas que están tanto por guion como por la técnica. 

Jason Momoa se corona como el mejor villano de la saga

Las acciones del pasado traen siempre consecuencias y si no, que se lo pregunten a Dominic Toretto que lleva años enfrentándose a ellas. En esta ocasión, es Jason Momoa quien recoge el testigo de villano jurando venganza defendiendo un papel totalmente diferente a lo que habíamos visto hasta ahora, siendo uno de los factores que hacen de ‘Fast X’ una buena película, sacando a la saga de la monotonía en la que se veía atrapada desde ‘Fast and Furious 4’ (2009).

Jason Momoa se presenta como Dante Reyes, hijo del narcotraficante Hernán Reyes que viene a vengar la muerte de su padre tras los sucesos en ‘Fast and Furious 5’ (2011). Verle disfrutar de sus planes para dividir al equipo, su nerviosismo a la hora de ejecutarlos y que todo lo tenga bajo control es la verdadera esencia de la personalidad de su personaje: el villano más característico de todos. Es como una mezcla entre el Joker y Deadpool pero llevado al siguiente nivel.

Acostumbrados a ver cómo los enemigos se convierten en aliados de una película a otra, el caso de John Cena favorece muchísimo a la película gracias a su cambio de rol ya que aporta la parte tanto cómica como tierna a la cinta y se desvincula de su papel de malvado para hacer de tío molón. 

La (gran) familia

Personajes que van y otros que vienen haciendo el equipo cada vez más grande, pero con unos papeles diseñados tan bien y tan en consonancia con una trama en la que no sentimos ese exceso de integrantes y todos cumplen con su misión de hacer madurar a sus personajes y evolucionar dentro del hilo argumental en el que de alguna manera es más que necesario que estén presentes.

Es una película buena, pero con tal abundancia de escenas asombrosas que, aunque se disfrutan en el momento, con el tiempo es muy complicado llegar a distinguir a qué parte de la franquicia pertenecen. Afortunadamente nos quedamos con el villano, quien marca esa diferencia que tanto necesitaba la saga de Vin Diesel, además de contar con un final al que se le obliga a una continuación que promete ser todavía más épica.