Todos hemos visto las cifras. El ruido. Los titulares. He visto ‘Torrente Presidente’ para que tú no tengas que hacerlo. Porque me gusta consumir contenido, sí, pero también porque me interesa entender qué significa hoy Torrente, qué dice (o deja de decir) sobre nosotros y qué está intentando hacer Santiago Segura con todo esto. ‘Torrente Presidente’ no solo es una película: es un fenómeno que se ha querido colocar en el centro del debate antes incluso de que nadie se sentara a verla.
Esto no es tanto una sátira como un simulacro de sátira. ‘Torrente Presidente’ juega a ser una parodia política, pero lo hace desde un lugar extraño. La película juega constantemente a parecer más inteligente de lo que es. Todo es superficial, con un glamour chotuno, casposo, autoconsciente… pero no del todo. Como si quisiera reírse de todo sin mojarse en nada. Como si el propio Torrente se hubiera convertido en lo que parodiaba, pero sin darse cuenta. Santiago Segura tiene herramientas para algo más afinado. Aquí decide no usarlas. O peor: decide no necesitarlas.



El humor es, probablemente, el más flojo de toda la saga. Chistes fáciles, de calle, de barra de bar. Y ojo, eso siempre ha formado parte de lo que Torrente es. Pero antes había algo más. Había mala leche, había intención, había un punto de inteligencia detrás del mal gusto. Aquí no. Aquí es humor vago. Copiar la calle no es hacer comedia, es hacer eco. Eso sí, hay algo que sigue funcionando: el timing cómico. Torrente contando sus batallitas a un grupo de cayetanos tiene gracia. Funciona. Porque ahí el personaje respira. Ahí vuelve a ser él. Torrente en el bar con sus colegas de toda la vida es cine. Es su ecosistema natural. Es donde debería quedarse. El cine es político, siempre lo ha sido. Pero hacer política con el cine, o peor, usarlo como altavoz sin posicionarte realmente, es otra cosa. Aquí no hay una mirada clara. Hay ruido. Hay referencias. Hay “mira qué loco todo”. Pero no hay discurso. Hay momentos donde la película parece preguntarse si Torrente es nuestra Lady Di. Y no lo hace desde el absurdo brillante, sino desde un “vamos a ver qué pasa si tiramos esto aquí”. La política es la polla, sí, pero no basta con decirlo. Hay que construir algo alrededor. Aquí no hay construcción, hay acumulación.
Torrente Presidente huye constantemente de posicionarse. Incluso cuando introduce elementos contemporáneos como la inteligencia artificial, lo hace de forma superficial. Como guiño, no como discurso. Y el mejor ejemplo es casi involuntario: usar IA para unos créditos que son, probablemente, los más feos de toda la saga. Es casi una metáfora perfecta de la película. Hablar del presente sin entenderlo.
Os voy a destripar algunos cameos porque aquí es donde la película deja de disimular y enseña realmente a qué está jugando. Con Donald Trump era inevitable. Sabías que iba a aparecer de alguna forma. Durante un segundo incluso pensé: “cómo habrá conseguido Santiago Segura al Trump real”. Y claro, no. Es Alec Baldwin. Y su aparición funciona en ese limbo raro entre el alivio y la decepción. Lo hace bien, sí. Podría dedicarse a ser un Donald Trump impersonator en la vida real. Pero también refuerza esa sensación constante de estar viendo una copia de algo que ya hemos visto mil veces fuera de la película. Lo de Bertín Osborne como presidente del gobierno sí tiene un punto cómico. Es probablemente de los pocos momentos donde la película roza algo que podría haber sido una idea. Pero, como todo aquí, no se desarrolla. Aparece, hace gracia, y desaparece. Y luego llega el desfile de fantasmas: Kiko Rivera, Jesulín de Ubrique, Neus Asensi… Y claro, hay algo reconfortante en verlos. Son parte del ADN de Torrente. Pero la película cae de lleno en esa pandemia nostálgica del cine de los 2020: recuperar caras conocidas no porque la historia lo necesite, sino porque el público las reconoce. Pero el recuerdo no construye escenas.
Aquí es donde entra el verdadero problema: la película ni siquiera funciona como espectáculo. Porque si algo tenía Torrente, más allá de su humor, era su capacidad de convertirse en un blockbuster cutre pero efectivo. Nuestro Austin Powers, nuestro 007, nuestro Tom Cruise español. Pero aquí la acción llega tarde, mal y sin consecuencias. Cuando por fin parece que la película arranca, persecuciones, disparos, fuego, todo desemboca en un clímax que no solo no resuelve nada, sino que añade más capas de absurdo sin dirección. Y llegamos a la guarida del malo malísimo… para descubrir que tampoco. Que ni siquiera ahí hay cierre. Porque, por si fuera poco, aparece otro cameo más, uno de esos que deberían tener peso, pero que entra y sale sin dejar huella (el malo de ‘Torrente 2’ había sobrevivido mágicamente y encima aparece sin su mono… que sí, que ya sé que está muerto, pero con lo irreverente que es todo esto, ¿de verdad no había espacio para recuperar eso?).



Y entonces te sueltan el giro: que ese no era el malo malísimo. Que hay uno superior. Un jefe final por encima de todo. Y ese “nivel final” es el cameo definitivo: el j***** Kevin Spacey. Entra, se planta y empieza con el speech: illuminatis, hilos, marionetas, control global… todo ese pack de conspiranoia que suena intenso, pero no construye nada. Un monólogo que pretende elevar lo que estás viendo, pero que en realidad solo evidencia que la película no sabe hacia dónde va. Y claro, entre teorías, nombres y humo, lo único que falta es que te digan que Jeffrey Epstein no ha podido venir hoy… y de repente:
PUM. Torrente presidente.
Sin construcción. Sin ironía clara. Sin cierre. ¿Es una broma? ¿Es una crítica? ¿Es propaganda? La película no lo sabe. Y lo peor es que tampoco parece importarle. Hay un momento, hacia el final, en el que de verdad te preguntas qué va a hacer Santiago Segura. Si va a tomar una decisión. Si va a cerrar el personaje de alguna forma. Martirizarlo, elevarlo, desmontarlo. Pero no. ‘Torrente Presidente’ no termina. Se apaga. Y eso es lo más frustrante de todo. No es que la película sea ofensiva es que es irrelevante. Un ruido constante que parece importante pero no dice nada.
Torrente, quédate en el bar con tus colegas. Ahí eras incómodo, sí. Pero también eras algo más difícil de ignorar.


