‘Scream 7’: jugar al slasher sin mancharse

Hay una pregunta que ‘Scream 7’ parece no hacerse nunca: ¿por qué seguimos aquí? No en plan existencial bonito, sino en ese sentido incómodo de cuando una saga se mira al espejo y no reconoce lo que ve. La saga creada por Wes Craven nació para reírse del slasher, desmontarlo, abrazarlo y volver a apuñalarlo con cariño. Hoy, ‘Scream’ se ha convertido exactamente en aquello que antes satirizaba. Y duele más porque lo hace creyendo que sigue siendo lista. Esta séptima entrega, dirigida y escrita por Kevin Williamson, tiene la energía de un estudiante de primero que acaba de descubrir ‘Scream’… sin entender por qué funcionaba. Todo está ahí: los guiños, las referencias, las frases que creen ser meta. Pero nada pesa. Nada corta. Nada sorprende.

‘Scream 7’ ha decidido vivir únicamente de la nostalgia. Y sí, siempre he defendido que las pelis de ‘Scream’ son básicamente episodios de ‘Scooby-Doo’ (y por eso soy fan). Sospechosos reunidos, máscaras, revelaciones absurdas, explicaciones ridículas. Pero aquí ni siquiera eso funciona. Los momentos donde el friki de turno explica qué tipo de película estamos viendo —reboot, recuela, lo que sea que se inventen estos días— se sienten hechos con desgana. Como si ni ellos creyeran en el juego. Todo lo que ofrece la película es un slop fest de nostalgia sin vida, tan digital y vacío que en algún momento parece que van a empezar a salir personajes de los anillos mágicos de Marvel por una esquina. Se prioriza el recuerdo fácil al suspense, el guiño al riesgo, la referencia al conflicto. La película se siente como un slasher genérico.

Todas las ‘Scream’ siguen el mismo sistema. Escena inicial. Presentación del reparto que irá cayendo. Discurso meta. Tercer acto con máscara fuera. Es una fórmula conocida y querida. Yo amo cuando todos los sospechosos se juntan y la película se vuelve loca explicándose a sí misma. Pero ‘Scream 7’ falla en casi todos esos momentos. Y lo peor no es que falle: es que parece que ni siquiera le importa.

Y entonces llega el elefante en la habitación: ¿dónde están las dos hermanas? La salida forzada de Melissa Barrera y Jenna Ortega pesa. Mucho. Y la película actúa casi como si la entrega anterior no hubiera existido. Todo porque Neve Campbell no estuvo (tras rechazar el papel por una cuestión salarial) y ahora vuelve como máxima protagonista. Ojo: Sidney Prescott es, sin discusión, una de las mejores final girls del género. Pero… ¿es realmente interesante esta dinámica familiar que nos plantean ahora? Por otro lado, los personajes de las últimas entregas quedan relegados a acompañantes funcionales, con chistes y diálogos de exposición para que el público no se pierda. No viven la historia: la explican.

Que quede claro: no quiero que ‘Scream’ se acabe. Al contrario. Es una de mis sagas de terror favoritas. Me sé sus reglas, sus trampas, sus bromas internas. Me sé cuándo va a sonar el teléfono y aun así lo cojo. Precisamente por eso duele ver una entrega que parece más preocupada por sobrevivir a sus propias controversias que por contar una buena historia. Cuando el ruido de fuera pesa más que lo que pasa dentro de la película, algo se rompe. No quiero una saga que reaccione. Quiero una saga que proponga.

‘Scream’ siempre ha sido consciente del contexto, sí, pero nunca estuvo dominada por él. Antes hablaba del género, de la violencia, del espectador. Ahora parece hablar de contratos, despidos y regresos estratégicos. Y eso no es meta. Eso es agotador. Yo quiero más ‘Scream’. Quiero más máscaras, más reglas nuevas, más giros ridículos, más ‘Scooby-Doo’ con cuchillos. Pero bien hechos. Priorizando las historias antes que las polémicas. Los personajes antes que los titulares. El riesgo creativo antes que la nostalgia en piloto automático. Porque ‘Scream’ no necesita justificarse para existir. Solo necesita volver a tener algo que decir.