La política mundial, cada día más, vira al liberalismo más salvaje, ese que asfixia a los servicios públicos más básicos. Estos servicios (sanidad, educación…) sustentan la base de la sociedad moderna y de la libertad ciudadana; sin ellos, literalmente, no podríamos vivir. Este expolio de las funciones básicas del sistema democrático ha derivado en un auge de un determinado tipo de cine de autor europeo que se emplaza en un marco crítico social, algo así como una especie de “cine denuncia”. Es aquí donde se emplaza ‘Turno de guardia’.
La cineasta suiza Petra Volpe retrata el turno de tarde de Floria Lind, una enfermera que trabaja en un hospital donde los seguros privados y la atención pública se funden en un mismo espacio. En su turno, unos problemas de salud dejan fuera del tablero a algunas compañeras, originando un problema de organización abrumador en el que solo dos enfermeras (y su becaria de prácticas) deben ocuparse de una planta entera, con un reloj que cuenta los segundos como si de una inevitable y rapidísima cuenta atrás se tratase.



‘Turno de guardia’ ha sido descrita en varias ocasiones como “un homenaje al personal sanitario” y, si bien tiene escenas que cumplen tal objetivo, creo que su punto de mira se centra de forma más vehemente en esa denuncia social ácida, en la que se humaniza al trabajador, mostrándolo como una persona con problemas personales, con pasión por un trabajo que le quita años de vida y con un fuego interno que le produce un ardor insaciable al experimentar las injusticias de un sistema que, lejos de proporcionarle las herramientas necesarias para realizar correctamente su trabajo, se dedica a explotarla, ahogarla y oprimirla.
Tal vez ‘Turno de guardia’ caiga en ciertos manierismos de guion que atraen una divinización excesiva de un personaje que no solo se toma con filosofía la situación que le toca vivir día a día, sino que es una persona buenísima, que desprende luz allá por donde va y que se resigna ante las inclemencias para hacer bien lo que se le da bien: cuidar a las personas. Sin embargo, tal vez, como sociedad, nos haga falta un recordatorio de que esos ciudadanos que trabajan en hospitales y a los que metemos prisa, son personas antes que trabajadores; y que estas personas trabajan a contrarreloj para tratar de que, pese a todo, podamos ver una luz al final del túnel.



La brillantez de ‘Turno de guardia’ no viene de su expresión formal pues, si bien está muy bien rodada, no es especialmente original en estos términos; sino de la capacidad que tiene para hacer que empaticemos con una figura cada vez más denostada y despreciada no solo por el gobierno de turno, sino por los propios pacientes. Los ritmos de la sociedad nos llevan a exigir que todo gire a nuestro alrededor pero, a veces, simplemente deberíamos entender que no somos el centro de gravedad. Floria es una excelente profesional, unade esos cientos de miles que sufren con cada derrota, pero que no celebran las victorias por si algo negativo pudiera venir justo después, pero que se alegran porque un paciente se cure, llevan caramelos a los hijos de un paciente terminal o plantan cara al clasismo inherente del propio sistema. Y sí, afortunadamente, gracias a personas como Floria, aún queda un poquito de esperanza.


