‘Prime crime: A true story’: La revolución no será televisada (al menos otra vez)

Al comenzar ‘Prime crime: A true story’ me propuse un pequeño juego mental: averiguar antes de los créditos si la película contaba con un guion de su cineasta, Gus Van Sant, o no. Y es que el cine de Van Sant mantiene una dualidad entre ese cine de autor del siglo XX tardío y el cine comercial bajo encargo que diferentes productoras tratan de endiñar al mejor director posible. Y para mi sorpresa, ‘Prime crime: A true story’, pese a ser una película perteneciente al segundo caso, se encuentra en un punto intermedio.

Si bien las formas cinematográficas no son vanguardistas (con un montaje que, en ocasiones, desconcierta, y no precisamente por su virtuosismo), y el guion es relativamente normal, descafeinado, de esos que son adecuados para cualquier público que no desee que sus sensibilidades más profundas sean heridas, ‘Prime crime: A true story’ es una buena película.

Su guion, por muy efectista que sea, se atreve a realizar una fuerte crítica a un sistema que oprime al protagonista tal y como oprime a millones de personas alrededor del mundo. Su discurso es, tal vez, un poco descafeinado, sin entrar en los verdaderos detalles que marcan la vida de la población, pero es valiente al posicionarse ideológicamente con el menos poderoso.

Sus formas cinematográficas poseen esa magistralidad espontánea que demuestran tener en su interior esos grandes cineastas que pasaron a la historia hace ya muchos años, y aumenta la dificultad de su dirección al emplazar prácticamente toda la obra en un solo escenario, al mismo tiempodeprimente y opresivo, y reconciliador y amable, incluso con su cautivo. Tony tendrá la mecha corta, pero no es una mala persona, y Van Sant lo recalca de forma recurrente.

‘Prime crime: A true story’ es una historia de los marginados, es decir, de los que viven en los márgenes, callados y tragándose la mierda de los más poderosos de forma consciente. De esos humanos cuyo objetivo, en realidad, también es el dinero y que su diferencia más cualitativa con los poderosos reside únicamente en el fracaso. Y aunque Gus Van Sant se encargue de recordarnos que el ser humano, lamentablemente, es ambicioso por naturaleza, nos recuerda que de vez en cuando, surgen pequeños rayos de luz.