Por primera vez lloré en una sala de cine, no por tristeza ni por empatía, sino por rabia e impotencia.
Marianna Brennand Fortes llega a la Academia de Cine de Madrid y presenta, con un español ahogado por su acento brasileño, su película, “mostrando las violencias que sufrimos las mujeres”. Emocionada por estar allí, se marcha y las luces se apagan. Comienza entonces un poema audiovisual que no muestra —pero sí denuncia— el entorno abusivo en el que crecen las mujeres en la selva amazónica.
Con una gran delicadeza, la directora construye un relato casi lírico sobre una verdad aterradora. No expone escenas de violencia ni muestra aquello que los ojos no quieren ver. Por desgracia, nuestra inteligencia como espectadores nos permite entender perfectamente lo que la historia nos cuenta y, quizás, al no verlo de forma explícita, luchamos aún más por convencernos de que no es verdad.



En la mirada de Tielle y de su madre, Danielle, pueden leerse párrafos enteros de diálogos que no han sido escritos. El cine enseña, pero no dice. Ahí está la clave de un buen guion: aquel que ahorra las palabras todo lo posible para traducirlas en imágenes. Los personajes pueden hablar, evidentemente, pero a veces dicen más con una mirada o una acción que con una frase.
‘Manas’ es una obra conmovedora, pero va más allá: es poderosa e impactante, porque nace de testimonios reales. Brennand Fortes comparte, con gran respeto, el relato de mujeres atrapadas en una realidad desgarradora.


