A primera vista, puede parecer arriesgado lanzarse a realizar una película sobre un cubo. Sí, ha leído bien: un cubo. Pero no cualquier cubo, sino uno perfecto, recubierto de vidrio liso y mármol rosado al atardecer. Todo indica que cualquier proyecto se vuelve interesante cuando se lleva a cabo con pasión, y este es el caso tanto de la película como de su protagonista: Johan Otto von Spreckelsen, el arquitecto desconocido que ganó el concurso para la construcción de la Gran Arca de París en 1983.
El arquitecto danés se presenta inicialmente como una figura inocente, casi inofensiva, antes de que la construcción de su proyecto revele otra cara de su personalidad. Su obsesión por el detalle y su búsqueda de la perfección acabarán llevándolo a la perdición, aunque intente por todos los medios —incluso refugiándose bajo las faldas del presidente— mantenerse fiel a su idea original.



Los obstáculos impuestos por las normas de construcción francesas y el fin del mandato de Mitterrand se entrelazan de forma casi cómica en el proceso de edificación del cubo. Su historia no es ni emocionante ni aburrida; está narrada con sutileza, transformando el drama personal de un solo hombre en un drama nacional.
El relato de Demoustier ofrece una visión equilibrada entre el arte, las limitaciones y el radicalismo de von Spreckelsen, pero, al igual que el tratamiento visual de la película, la historia resulta a veces apagada. Sin embargo, si la curiosidad llama a su puerta y le intriga la historia detrás de la construcción de la Gran Arca, ‘El Arquitecto’ cumple perfectamente su función al cautivar al espectador y disipar sus dudas.


